CDKL5, un síndrome ‘invisible’ en busca de luz

CDKL5, un síndrome ‘invisible’ en busca de luz – La Opinión de A Coruña (laopinioncoruna.es)

Familias de afectados urgen impulsar los estudios genéticos para la detección temprana de un trastorno “infradiagnosticado”, que causa graves daños en el desarrollo neurológico y “sin tratamiento específico ni cura”

María de la Huerta

A Coruña | 20·06·21 | 04:00 | Actualizado a las 14:01

Nadia Pereyra y Fabián López Casco, con su hija Antonella, en su pizzería del barrio coruñés de Os Mallos.

Nadia Pereyra y Fabián López Casco, con su hija Antonella, en su pizzería del barrio coruñés de Os Mallos. CARLOS PARDELLAS

Esta semana se ha celebrado el Día de concienciación del trastorno de deficiencia CDKL5, una alteración genética ligada al cromosoma X que produce graves daños en el desarrollo neurológico. A la Asociación de afectados en España le constan una treintena de casos, aunque estiman que “son muchos más”. Creen, de hecho, que podría haber unos 400 niños, adolescentes y adultos con esa enfermedad en todo el país. En A Coruña y Ferrol hay dos niñas con esta dolencia, Antonella y Fátima. Este reportaje cuenta cómo es el día a día de estas pequeñas, y también recoge la historia de Sergio, un joven de 16 años diagnosticado hace apenas cuatro meses tras someterse a un estudio genético

Cuando Antonella nació, ni sus padres ni los médicos que asistieron el parto imaginaban cómo cambiaría su vida en las semanas siguientes. Tras una gestación normal, que culminó con una cesárea programada y pruebas físicas y metabólicas rutinarias, test auditivo y prueba del talón “sin novedad”, era imposible prever que, apenas veinte días después, la niña se despertaría “sobresaltada” de madrugada y se quedaría “tiesa, mirando fijamente” a los ojos de su madre, Nadia Pereyra. “Una mirada como muy perdida, profunda, que me llamó la atención, y me hizo sentir que algo no iba bien”, cuenta Nadia, quien movida por esa inquietud, decidió comentar esos episodios a su pediatra. “La doctora me dijo que esos pequeños sobresaltos eran, en principio, algo normal, porque cuando los bebés están fuera de la barriga de sus mamás, el primer mes se sienten un poco desconcertados todavía y necesitan un tiempo de adaptación y que, con el paso de las semanas, esos episodios iban a desaparecer”, recuerda esta vecina del barrio coruñés de Os Mallos.

Nadia Pereyra y Fabián López Casco, con su hija, Antonella, en su pizzería del barrio coruñés de Os Mallos.

Nadia Pereyra y Fabián López Casco, con su hija, Antonella, en su pizzería del barrio coruñés de Os Mallos. CARLOS PARDELLAS

Pasados unos días, cuando Nadia le estaba dando el pecho a su pequeña, Antonella sufrió otro de esos espasmos “un poco más prolongado”, por lo que sus padres decidieron llevarla al Hospital Materno Infantil Teresa Herrera (Chuac). A partir de ahí, arrancaría un rosario de pruebas médicas —TAC, resonancia magnética, análisis de sangre para comprobar que los niveles de azúcar estaban bien— e ingresos hospitalarios, mientras las convulsiones se repetían, cada vez con más frecuencia. “Los médicos decidieron entonces empezar a administrarle fármacos antiepilépticos, ante la posibilidad de que padeciese algún tipo de epilepsia reflectaria, aunque no estaba nada claro”, recuerda la madre de Antonella.

No obstante, aún tendrían que transcurrir varios meses hasta que los médicos ofrecieron a esta familia la posibilidad de realizar un estudio genético a su pequeña. “Se lo hicieron bastante rápido, cosa que no sucede en otras comunidades donde sé de familias que han tenido que aguardar hasta tres años, o recurrir a laboratorios privados, para someter a sus hijos a esa prueba. Antonella tenía diez meses cuando se le practicó, y la espera se nos hizo eterna. No me quiero imaginar cómo lo habrán pasado esos papás”, subraya Nadia, quien desvela que el resultado de ese test arrojó algo de luz, por fin, a la situación de su hija, al determinar que Antonella sufre el síndrome por deficiencia en el gen CDKL5. Un trastorno ligado al cromosoma X y más frecuente en niñas, que afecta al neurodesarrollo y está relacionado con la epilepsia precoz.

El CDKL5 provoca una discapacidad severa, no tiene cura y tampoco hay ningún tratamiento específico que pueda ralentizar o revertir su evolución. Es más, cuando los afectados toman los antiepilépticos durante un determinado periodo de tiempo, los síntomas regresan”, apunta Nadia, integrante de la directiva de la Asociación de Afectados de CDKL5 en España (https://aacdkl5.org/), entidad que agrupa a 29 familias, aunque estiman que, en todo el país, podría haber “unos 400 niños, adolescentes y adultos” con ese síndrome aún sin diagnosticar. De esa treintena de familias que sí han puesto nombre a la enfermedad que aqueja a sus hijos, únicamente dos son gallegas.

Se calcula que “uno de cada 42.000 nacidos en el mundo” padece el síndrome CDKL5, pero “menos de un 10% tienen un diagnóstico correcto”

Y es que, aunque se calcula que “uno de cada 42.000 nacidos en el mundo” padece el síndrome CDKL5, “menos de un 10% tienen un diagnóstico correcto”, lo cual significa que esta alteración genética está “muy infradiagnosticada”, advierte Ana Beojardín, mamá de Fátima, la otra pequeña gallega a la que sí se ha detectado esa enfermedad, y secretaria de la asociación. La historia de esta niña ferrolana, de 6 años, comparte muchos pasajes con la de Antonella, aunque su recorrido sea algo mayor y su afectación, más severa. En su caso, el CDKL5 empezó a manifestarse “cuando tenía un mes y 23 días”, y también, en forma de convulsiones “muy breves, que apenas duraban 30 segundos”.

Ana Beojardín, junto a su hija, Fátima, en su casa de Ferrol.

Ana Beojardín, junto a su hija, Fátima, en su casa de Ferrol. A. B./CEDIDA

“La primera vez, estaba con Fati en brazos y, de repente, noté como si se moviese de un lado. No le di mucha importancia, pero a las dos o tres horas volví a sentir que la niña hacía lo mismo, y empecé a preocuparme. Pedimos cita de urgencia para ir a la pediatra esa misma tarde, y en cuanto esta la vio, nos dijo que nos fuésemos directamente al Hospital Arquitecto Marcide (CHUF), donde quedó ingresada, en la UCI infantil, durante una semana”, rememora Ana. “El disgusto fue tremendo. Levantarte por la mañana creyendo que tu hija está perfectamente, y acostarte dejándola ingresada en la UCI, y sin tener ni idea de qué le está pasando… es muy difícil de digerir”, remarca.

Durante ese primer ingreso hospitalario en Ferrol, a Fátima le hicieron “un montón de pruebas”. “La de la meningitis, una ecografía del encéfalo, resonancia magnética, estudio metabólico, electroencefalograma… de todo”, enumera su madre. Aún así, pasados siete días, la pequeña regresó a casa sin un diagnóstico y con un tratamiento pautado para las crisis epilépticas. Sin embargo, esos episodios “continuaron” y, aún después de probar varios fármacos distintos —“nos decían que el caso de Fati no encajaba ni en las epilepsias benignas ni en las malignas; no sabían muy bien por dónde tirar”, detalla su madre—, el diagnóstico tardaría más de un año en llegar. “Ingresó por primera vez en septiembre, y hasta octubre del año siguiente, no pusimos nombre a su enfermedad”, señala Ana. Entretanto, la familia veía que “la cosa no iba bien” y que Fátima “no avanzaba como los otros niños”. “Aún a día de hoy, no fija la mirada, cuando un bebé con dos o tres meses ya empieza a mirarte, sonríe, interactúa algo contigo… ella no. Te mira unos segundos y se pierde, y las veces que sonríe se cuentan casi con los dedos de una mano. Por eso, cuando lo hace, te llevas la alegría del día”, resalta, emocionada.

No fue hasta seis meses después, cuando los médicos decidieron someter a Fátima a un estudio genético. La clave para dar con su mal. “Le hicieron la extracción de sangre en el mes de marzo, pero ya nos avisaron de que los resultados del laboratorio iban a tardar. Al mismo tiempo, nos hablaron de un pediatra que había trabajado muchos años en el Hospital Sant Joan Dèu de Barcelona, y que tenía consulta en A Coruña, y decidimos llevarle a Fati para que nos diese su opinión. Nada más verla, este especialista se fijó en que la niña hacía un gesto determinado con las manos, y ya empezó a sospechar qué podía tener. Lo cierto es que tuvimos muchísima suerte, porque no es, para nada, lo habitual”, remarca Ana. A partir de ahí, tanto las preguntas como las pruebas que el facultativo realizó a la pequeña “se enfocaron a confirmar sus sospechas”.

En aquel momento, el CDKL5 se consideraba una variante del síndrome de Rett —de hecho, no fue hasta el año pasado cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoció ese trastorno como una enfermedad en sí—, y ese fue el primer diagnóstico provisional que recibió nuestra hija: en concreto, síndrome de Rett atípico. La confirmación nos llegó, casualmente, a la semana siguiente, cuando nos llamaron para comunicarnos los resultados de la prueba genética”, expone Ana, quien al igual que Nadia, y la Asociación de Afectados por el CDKL5 en su conjunto, urgen “impulsar” ese tipo de test, “sobre todo cuando se ve que hay una epilepsia que no responde al tratamiento” —puntualiza la madre de Fátima—, así como “mejorar la coordinación entre especialistas” , para acelerar la detección precoz de ese trastorno. “Contar con un diagnóstico precoz supone un ahorro en pruebas médicas y una ayuda para decidir el tratamiento más adecuado, si bien no existe cura y los fármacos utilizados hasta el momento son insuficientes para paliar los síntomas”, sostienen.

Sobre la situación actual de su hija, Ana Beojardín especifica que, ahora mismo, Fátima es “como un bebé de dos meses, pero con el tamaño de una niña de casi 7 años”. “Ni fija la mirada, ni aguanta la cabeza, ni se sostiene sola, ni habla. Es un caso muy severo de CDKL5” , apunta Ana, quien asegura que, hasta los 3 años, Fátima “se daba la vuelta, y aguantaba algo más la cabeza, aunque nunca llegó a sentarse sola”. “A partir de esa edad, empezó a tener crisis todos los días, y no sé si fue por eso o por qué, empezó a perder lo poco que había evolucionado”, reitera.

A falta de tratamientos, las terapias rehabilitadoras son “fundamentales” para el desarrollo y el mantenimiento de estos niños

También Antonella, que en octubre cumplirá 3 años, sufre una severa discapacidad que, según refiere su madre, Nadia Pereyra, “le impide caminar y empezar a expresarse, como correspondería a su edad”. “Es muy raro que los niños con síndrome por deficiencia en el gen CDKL5 puedan caminar. La funcionalidad de las manos está muy afectada, por tanto, es difícil que puedan sostener objetos. Además, aunque en la mayoría de los casos el síntoma principal es la epilepsia, este trastorno es muy completo y conlleva otras problemáticas, como cierto nivel de autismo, estrabismo, ceguera en algunos casos, escoliosis… La disfagia (dificultad para tragar) también es muy común en estos pequeños, al igual que otras dolencias gastrointestinales. No pueden llevar una vida independiente”, resume Nadia, quien subraya que, a falta de tratamientos específicos, las terapias rehabilitadoras —fisioterapia, estimulación cognitiva, etc.— son “fundamentales” para el desarrollo de estos niños. “Antonella las recibe en el Materno, en la Federación Galega de Enfermedades Raras y Crónicas (Fegerec) y en una clínica privada. Le están ayudando y han despertado la poca motricidad que tiene. A día de hoy, ha conseguido sentarse sola y mantener la cabecita erguida. Esto para nosotros es un gran logro”, señala.

Fátima recibe también varias terapias, tal y como refiere su madre, quien detalla que la pequeña “fue dos años a una guardería y, posteriormente, se matriculó en el colegio de educación especial Terra de Ferrol”. “Cuando empezó a ir a ese centro, como allí ya tienen terapias, le redujeron horas en el área de Atención Temprana del CHUF, y solo le dejaron una de fisioterapia. Pero al cumplir los 6 años, tuvo que dejar de ir, porque la sanidad pública solo ofrece de forma continuada estas terapias hasta esa edad, pese a que estos niños las necesitan siempre”, reivindica Ana, y continúa: “En paralelo, al cumplir un año, empezamos a llevar a Fati a una clínica privada especializada en fisioterapia neurológica, donde además recibe logopedia. Y durante una temporada, fue también a hipoterapia (terapia con caballos), cerca del Club de Campo de Ferrol, pero cuando empezó a luxársele más la cadera, tuvo que dejarlo. Fue una pena, porque creo que lo disfrutaba”.

Ambas consideran que las evolución de los pequeños afectados por CDKL5, y por trastornos similares, “no puede estar condicionada por los recursos económicos de sus familias”, por eso insisten en que la sanidad pública “debería dar continuidad a esas terapias más allá de los 6 años”. Además, en representación de la Asociación de afectados por CDKL5 en España, hacen un llamamiento a las administraciones públicas, y también a las instituciones privadas, para que “apoyen más la investigación” de ese tipo de dolencias ya que, recalcan, “cualquiera se puede ver afectado de un día para otro”. En este sentido, la presidenta de la entidad, Muntsa Minguell, subraya que “la investigación de las bases genéticas es clave” para “poder definir, en el futuro, nuevas terapias”.

Sergio, en una fotografía cedida por su madre, María Iglesias.

Sergio, en una fotografía cedida por su madre, María Iglesias. M. I./CEDIDA

Dieciséis años hasta lograr un diagnóstico para Sergio

Aunque han pasado dieciséis años, a María Iglesias aún se le hace un nudo en la garganta al recordar la primera crisis epiléptica de su único hijo, Sergio, con apenas cuatro meses. Al otro lado del teléfono, cuesta no emocionarse al escuchar quebrarse la voz de esta madre cuando rememora el momento en que, estando sola en su domicilio, tratando de dormir al pequeño, “empezó a convulsionar”. “Fueron apenas unos segundos, pero pensé que se moría”, cuenta María, quien inmediatamente se trasladó con el bebé al hospital, donde fue “valorado” sin detectar nada relevante. “Volvimos para casa y, justo al llegar a la puerta, le pasó de nuevo lo mismo. Regresamos al mismo centro hospitalario, y ya dijeron que tenía que tratarse de algún problema neurológico, por lo que nos derivaron al Sant Joan Dèu, en Barcelona. Allí le hicieron a Sergio un electro, y fue terminar esa prueba y correr a ponerle medicación”, señala. El primer diagnóstico del pequeño fue “epilepsia mioclónica del lactante”. “Le pautaron una medicación, pero seguía convulsionando, y así estuvo hasta los 2 años, pese a probar con varios fármacos. A esa edad, las crisis remitieron durante un tiempo, no sabemos por qué, pero al año volvieron igual de agresivas que antes”, expone María, quien detalla que, a partir de ahí, y a medida de su hijo iba creciendo, el retraso en su desarrollo neurológico era cada vez más evidente. “Empezamos con una pequeña discapacidad que luego fue a más, rasgos de autismo…”, enumera esta madre, quien no obstante reconoce que, para ser varón —al tratarse de una alteración genética ligada al cromosoma X, el CDKL5 es más frecuente en mujeres—, Sergio “no está tan afectado” como cabría esperar. “Conseguimos que camine, con muchas dificultades y esfuerzo, y es capaz de tomar los alimentos enteros, sin necesidad de triturar, aunque hay veces que no le termina de sentar bien la comida”, apunta. Pese a que pueda parecer extraño, para los padres de Sergio, poner nombre a la enfermedad que sufre su hijo “ha sido felicidad absoluta”. “Aunque el diagnóstico es muy duro, por fin sabemos a qué atenernos. Y leyendo sobre el CDKL5, y hablando con otras familias de la Asociación de afectados, ahora entiendo muchas otras cosas que le suceden a mi hijo, y a las que nadie nos podía dar una explicación”, subraya María, quien asegura que contactar con otros padres que están pasando por lo mismo “te hace sentir que por fin encajas en algún sitio”. “A Sergio le detectaron el síndrome CDKL5, todavía, el pasado 10 de febrero, después de cambiar de hospital y someterse a un estudio genético. Hasta ese momento, su diagnóstico era encefalopatía epiléptica y autismo, pero yo nunca he estado en ninguna asociación de esos trastornos porque no tenía la sensación de encajar allí. Ahora ya sí. Y no es solo el apoyo que recibes, es también el trabajo de investigación que hay detrás. Hasta hace cuatro meses, nosotros ya no teníamos más alternativas. No había nada más que hacer con Sergio. Pero desde que tiene un diagnóstico, se ha abierto un abanico de posibilidades, porque mañana pueden empezar a probar algún medicamento nuevo, y nosotros estamos ahí”, remarca.

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